Baja Fidelidad
Esto es un libro de cuentos en gestación. El título aún no es definitivo, pero ya hay un blog que lo registra y tiene algunos cuentos míos. Acá les dejo un par que me gustan mucho.
El ascensor
“Hasta acá llego”, le dije al oído subrepticiamente, cortándole una carcajada que lanzaba después de un chiste de Marcia. Los rulos rubios me hicieron cosquillas, ella se puso un poco seria y las amigas carraspearon.
Ahí me di cuenta que había una nube de tabaco, que habíamos tomado muchas cervezas en botellita, como hacen los yanquis, y el recital de U2 que pasaban por TNT ya estaba llegando a “Sunday Bloody Sunday” –que para mí es “Domingo, maldito domingo”, y para ella y las amigas es “Domingo, sangriento, domingo” lo que dice la letra. Yo no estoy seguro.
Ahí fue cuando ella se levantó y le miré el culo con minifalda por última vez. Las amigas la saludaron, una más linda que la otra, todas arregladas para salir después, sabiendo que ella no iba a salir. Cuando todas lo lamentaban porque ella no iba a salir y prefirió montar el teatro hasta el último día, agotar todas las localidades y funciones en pleno febrero.
Fuimos a la puerta, ella me dejó pasar primero y llegó ese pasillo tan chiquito que tienen los edificios que no son para padres o abuelos. Y ahí tengo que admitir que nos reíamos. En realidad íbamos a bajar los discos del auto de Cintia, una situación que podría ser perfectamente normal si no nos reiríamos tanto y el ascensor no tardaría tanto en llegar. En un momento mirábamos el botón rojo del llamador, y el elevador se elevaba a otro lado, faltaba tanto por llegar al palier y hablar un poco, brevemente, de lo de esta tarde, aquello que esta tarde había quedado muy claro, lo que esta tarde nos hizo dar ese tipo de abrazos como de cortesía y saber que esta noche tenía que venir al edificio y reírme de los chistes de Marcia, de comprar unas cervezas, a lo mejor fumar algo, para soportar que por enésima vez Cintia contara la anécdota de escuchar Prince en la Fluvial, mirando la luna enorme. Tantas veces te vi, pensaba yo cuando escuchaba la anécdota, ese disco de Prince que son como cuatro temas de media hora, y todos tomando cerveza en la Fluvial. “Fue increíble, buenísimo”, remataba Cintia.
El ascensor al fin mostró el espejo, los mármoles de las paredes, esa botonera que parece sacada del Enterprise, yo acostumbrado a la casa de Pellegrini al 500 y ella siempre me traía acá. Me miraba con esos ojos celestes como dos caramelos de ananá y se reía, pero porque creía lo que en la puerta esperaba, porque yo le contaba que mañana íbamos a ir a la quinta de Seba y tal vez zapemos con el Ferna, Nano, y si pinta un asado. Ella sabía que íbamos a tocar los temas que escuchó en mi casa, en el portaestudio, y yo no sabía cómo explicarle –aunque no tenía que hacerlo- que ella no iba a ir. Me dolía todo, era como que quería contenerme. “Pensar que me regaló un celular” pensaba yo mientras me fijaba si todavía estaba ahí en el estuche negro, como si también se fuera con ella, y ahí la miré un poco con ternura.
El ascensor llegó a la planta baja, y los dos comentamos que bajó más lento de lo que tenía que haber llegado, porque eran tres pisos no más, “es que los edificios nuevos tienen eso ¿viste?”, le comenté, “y yo que cada día me acostumbro más a la casa de Pellegrini”, y nos reímos, nos miramos y reímos cómplices. Pero ella tenía un poco de tristeza, y el hall estaba oscuro, recién se veía la luz amarilla de la calle que se reflejaba contra las plantas, esas al lado de la puerta del vidrio.
Y puso el llavero enorme que tenía en la mano de golpe en la cerradura, y me quedó mirando, con los ojos así como los platos de mi abuela, de un celeste viejo y blanco, y yo ahí quedo parado, tocando casi frenéticamente el estuche del celular y mirando un poco para el costado.
“Bueno, te vas” me dice, y se acomoda el pelo. “Si vos sabés que no me iba a quedar” y ahí ella se pone a hablar de lo de esta tarde, hablamos un ratito, para dejar en claro, nos vamos abrazando espacio, tiernos, así como idiotas en la penumbra, de esos que saben que se van a volver a ver otro día, cuando se encuentren en la fotocopiadora o en un canje de libros y charlen y se vean las sonrisas forzadas.
“Chau, nos vemos”, vaticinó, me abrió la puerta y me vi afuera mirándola cerrar el vidrio, junto a mi reflejo inmóvil, y la miré un segundo a los ojos, así quedaron clavadas las miradas. Saqué al fin los ojos porque ella iba a venir y venían los reproches, llantos, todo el “tequiero”, que en esas vicisitudes es una traducción de “consuelo”.
Caminé como treinta cuadras a casa escuchando la radio por el cosito de mp3, porque no le quedaban más pilas para reproducir un disco.
El centro de la conversación
Llueve mucho. Aunque la tormenta parece lejana, por la ventana se ven las líneas de agua fina, y de vez en cuando un rayo corta la calle, recordándonos que no va ser fácil salir del departamento. En todo caso, que ella salga del departamento.
Recostado en el sillón del living, oigo la cuchara golpear rítmicamente contra la taza. Me pregunta si al café lo quiero batido, y le contesto sí, que igualmente ya lo está batiendo, para qué pregunta. En la tele, Larry golpea a Curly en la cabeza con una máscara de soldar. Curly se frota la pelada y Larry arremete contra Moe, quien repite el gesto de Curly. Entonces, éste golpea a Larry y Moe con una soldadora. Las máquinas de risas estallan a carcajadas. Me pregunto a qué programador de televisión se le ocurre que todavía nos interesa ver Los 3 Chiflados.
Ella llega con los dos cafés en la mano, y me tiende la taza que tiene impreso el símbolo de mi signo zodiacal, se queda con la de “Recuerdo de Río Tercero” y se sienta al lado mío en el sillón. Tiene la elegante cortesía de no recostar su cabeza sobre mi hombro. Tal vez en un tiempo lo hubiera hecho, pero aunque el clima diga lo contrario, hoy ya no es una buena idea.
Tomamos café en silencio, mientras hago zaping y paso algunas películas clásicas de la noche.
- Y entonces cómo te fue en la facultad hoy.
Hay preguntas que no hacen más que evidenciar que quien las hace no le interesa en lo más mínimo la respuesta. Igualmente, le cuento sobre los trabajos prácticos agobiantes, el fin de año que me tiene loco, y que ya ve, inclusive un viernes a la noche estoy en mi casa y no persiguiendo botellas de cerveza en algún pub del centro. De pronto, en la tele encuentro Duro de Matar. La dejo, y ya estoy escuchando su reproche.
- Vos no te cansás de ver esa película ¿no?
- No. Nadie se cansa, por eso la siguen pasando.
- Yo ya me cansé.
- No entiendo por qué, si nunca la terminaste de ver.
- Y bueno, eso no tiene nada que ver. Es horrible. Estas películas son todas iguales.
- Y bueno, disculpá. Pasa que cuando la hicieron, Godard estaba ocupado y por eso no pudo dirigirla.
- No, no es eso. Pero mirá, es una estupidez. Cómo el tipo va a caminar sobre los vidrios rotos y no se corta.
- Sí se corta. Vas a ver que ahora se sienta y se saca los pedacitos de vidrio del pie.
- Igual, es re trucho eso.
- Vos porque no creés en nada. Las películas tienen reglas propias, no trabajan con los conceptos que manejamos en nuestra cotidianeidad.
- Listo, lo que faltaba. Que hagas una tesis sobre Duro de Matar. No cambiás más, vos.
- En todo caso, el cine no cambia más. Además, no es sólo sobre Duro de Matar, esto se aplica a cualquier película. O te pensás que Francia es como en las películas de Chabrol.
- Y vos cuántas películas de Chabrol viste.
- Ninguna, pero leí las contratapas.
Ella se ríe un poco, con esa risa gastada. Se levanta del sillón y camina hasta la ventana. Se queda mirando la lluvia, los autos, la gente con paraguas que corre. Con lluvia y todo, la sensación de viernes a la noche recorre la calle. Como si de algún modo todo está pasando fuera de ese departamento, tan groseramente diurno y cotidiano.
- ¿Y si me pido un remisse?
- No vas a conseguir –le digo sin inmutarme. Creo que tengo un paraguas, te lo presto y…
Me levanto despacio del sillón, sin terminar la frase. Podría haber dicho “y otro día me lo traés”, pero no se si quiero decirle que vuelva. Camino hasta el armario y empiezo a buscar entre la ropa de invierno. Ella no me mira, sigue con los ojos en la calle, abajo, en un mundo diferente, con reglas diferentes a las de este departamento, a esta hora, entre nosotros.
- ¿Vos no salís más con Laura?
La pregunta me deja quieto. Varios largos segundos después, dejo de revolver las cosas en el armario y busco los cigarrillos que dejé en la mesita de café. Igualmente, creo que no tenía paraguas.
- No –mentí- Corté hace tres días con ella.
Ella da vuelta la cara y me mira fijo. Yo prendo un cigarrillo y la miro también. Nos quedamos en silencio, mirándonos, adivinándonos, tratando de ver algo en el otro, esa epifanía, eso que es exactamente lo que queremos ver.
Ella se acerca a mí, caminando despacio, moviéndose suave como un junco en el viento. Yo me quedo petrificado en el lugar, fumando, pensando cuál va a ser mi reacción a lo que me espera.
Sus ojos negros, enfrente mío, me sugieren algo. Todos los manuales dicen que debería besarla en este momento, que podríamos lanzarnos a ese sillón bastante cómodo y hacer el amor como antes, con ese desenfreno del reencuentro. Casi me siento un héroe por rechazar la invitación.
- No, mirá, esto no se si es conveniente.
- Pero qué pasa. O sea, terminaste con ella ¿no?
- Bueno sí, pero ese no es el punto.
Me alejo un poco y camino hasta la ventana, mirando la calle con lluvia, los autos, la gente con paraguas. Me siento Humprey Bogart al decirle esto.
- No se si vos y yo deberíamos hacer esto. ¿Entendés?
Me quedo escuchando, tratando de adivinar qué pasa a mis espaldas. Por supuesto, no tengo idea. Uno cree que puede adivinar el gesto del otro con una especie de sensor en la nuca, pero tengo que darme vuelta para ver su cara, entender qué es lo que siente.
- Dejá, entonces me voy, no hay drama.
- Pero llueve mucho, te vas a mojar toda.
- No importa, chau.
Agarra su campera y sale del departamento. Yo no esperaba que se vaya así nomás, de golpe, apenas saludando. Siento que Humprey Bogart me abandonó, y que en mi piel se metió alguien así como el Chapulín Colorado. Cuando me doy cuenta estoy solo, mirando la puerta que se cierra despacio, y oigo el ascensor que sube a buscarla. Un grave rugido que se pierde en el túnel, llevándosela a la planta baja.
Me acomodo el pelo y voy a la taza de café. Ya está frío y le queda poco. Lo tomo igual, y me asalta la violenta necesidad de mirarla irse por la calle. Quiero acercarme a la ventana, pero me encuentro apagando apresuradamente el televisor, cerrando la puerta y corriendo al ascensor. Cuando salgo a la calle, miro para todos lados y no la veo. No veo su espalda, su blusa celeste, su pelo negro y largo. No veo cómo se va, y no se si va a volver.
Me quedo parado bajo la lluvia, esperando una respuesta, algo que me ilumine. Una estatua viviente se refugia bajo el toldo del quisco de enfrente y prende un cigarrillo. Me quedo absorto mirando la luz roja de la brasa, que brilla con fuerza y vuelve a hacerse tenue.
Subo al departamento, hago más café y termino de ver la película, pensando que en un rato voy a tener que ir a dormir. Repasando un poco, de pronto advierto que mis comentarios sobre la facultad parecen más sólidos, como si hubiesen sido el centro de la conversación.